El lenguaje moderno de Foucault, Barthes y Blanchot

Publicado por Estefanía Hermosilla enero - 28 - 2008

Pensadores Franceses

No es una afirmación con peso académico o conclusión de una investigación concienzuda sobre la filosofía francesa de cierto período histórico, pero no resulta del todo atrevido afirmar que determinados pensadores como Barthes, Blanchot y Foucault coincidieron en lo que podría denominarse “voluntad de lo imposible”. Este concepto podría caracterizarse como un querer o la voluntad que se genera a partir de un sentimiento de fracaso y frustración asumida ante toda tematización y posible respuesta frente al lenguaje, la actividad literaria y el acto de la escritura; elementos donde no hay espacio para las leyes ni determinaciones positivas, y donde la contradicción es la cualidad elemental de todo discurso sobre ellas: un discurso que va tras sus propias palabras.

Si seguimos a estos autores, el quid del asunto se encuentra en la ambigüa naturaleza del lenguaje, en la compleja relación que establece con la actividad literaria y el acto de escribir. Esta relación se ha ido modificando durante la historia, a tal punto que uno de estos elementos ha podido llegar a estar ausente, como lo planteado por Foucault, quien afirma polémicamente -en su obra De Lenguaje y Literatura-, que la “literatura clásica” no ha existido para los propios escritores clásicos, en tanto tradición signifique reunir-bajo el nombre de literatura- la producción de sus obras, sino que tales obras son consideradas desde nuestra propia época como literatura. En palabras de Foucault: “forman parte de nuestra literatura, no de la suya”; más aún, de la relación de sus obras con el nuevo estado del lenguaje que comienza a gestarse desde la modernidad.

Barthes en El Grado Cero de la Escritura, también se remite a la modernidad, afirmando que ésta “se inicia con una literatura imposible”, y esto en respuesta a una nueva condición del lenguaje que se genera debido a la paulatina fractura en el íntimo enlace que había entre las palabras y las cosas, tal como acontecía en la época clásica. Dada esta pérdida en la modernidad, ya las palabras no son vehículo del pensamiento sobre las cosas, el lenguaje ya no nos expresa, expone y proporciona un control sobre el mundo; ya no es un medio, sino todo lo contrario: el lenguaje moderno se tiene a sí mismo por objeto, y sus palabras, en la medida en que designen, sólo presentarán la ausencia de lo designado, es decir, expondrán la muerte que carga toda palabra, serán el cadáver y presencia de un ser ausente.

Lo anterior obviamente tenía que repercutir sobre la práctica literaria e instalar una nueva relación con el acto de escribir, pues una vez que el lenguaje comienza a transformarse en una verdadera problemática, pone en cuestionamiento las posibilidades de obrar del escritor y hasta del dominio que tenga sobre su actividad, debido a que en su labor comienzan a surgir interrogantes como: ¿cuántas posibilidades le ofrecen el lenguaje al momento de escribir? ¿Hasta qué punto su escritura explota el lenguaje? ¿Existe algo así como el “lenguaje literario”? ¿Y cuándo se trasforma una obra en literatura?

Tales no son cuestiones que hayan estado siempre presentes en las disquisiciones académicas de los escritores. Es una problemática que tanto Blanchot, Foucault y Barthes vinculan a ciertos autores, como los representantes -más que de un estilo literario- de una nueva postura frente al lenguaje y la literatura caracterizado por una actitud de directa confrontación y escepticismo con las palabras y con la producción literaria realizada en períodos anteriores, desconfianza que según Barthes, generaría una nueva dinámica entre ellas, siendo Mallarmé el más destacado de los escritores que llevaría a cabo esta nueva concreción de la literatura, de quien dice Barthes fue un hombre “cuyo esfuerzo se centró sobre la aniquilación del lenguaje, cuyo cadáver, en alguna medida, es la literatura”. Y de este modo, su propia y particular lucha con el lenguaje es lo que dio paso al surgimiento de la literatura, como algo que nace ya imposibilitada, negada y muerta.

Y es con una literatura muerta con la que se inicia la modernidad, que comienza a trabajar sobre este cadáver que genera este nuevo estado del lenguaje que más que volverse sobre sí mismo, o doblarse, es algo que sale de sí mismo, que lleva hasta el extremo su desborde, descubriendo en su ser, precisamente, la carencia de un “ser”, la falta de un principio teórico que lo ordene sistemáticamente, que lo determine de forma positiva, que guarde su interioridad. En fin, la modernidad trabaja con un lenguaje carente de algo que lo “signifique”, y que por tanto es un lenguaje que comienza ha significar a partir de la nada, del vacío, de la negación absoluta. Como nos expresa Blanchot en De Kafka a Kafka: un lenguaje que es “vida que lleva la muerte en sí y en ella se mantiene y literatura”, como tumba de esa muerte a partir de la que comienza.

Por lo anterior, se reafirma la idea de que la palabra mata al volver ausente aquello que designa, pues como dice Blanchot “nombrar es cometer homicidio”, debido a que cuando se nombra, también se tiene el poder sobre lo nombrado; se tiene el poder de enunciar cuanto sea de ello (sea verdadero o falso). De ese modo, la cosa en tanto cosa no guarda ningún valor, el lenguaje se ha distanciado de ella y de ese modo la ha matado. Ese poder de desaparecer lo que se designa, a través del mismo acto de nombrar -que en su seno íntimo es el acto de separar, de negar y matar las cosas-, fue la obsesión de Mallarmé, así como la razón por la que no resulta fácil ir tras esta nueva noción de lenguaje que se manifiesta como pura exterioridad, puro vacío y negación, y donde la reflexión, como la filosofía la ha practicado a lo largo de la historia, no consigue acceder a tal experiencia ya que como pensamiento que reflexiona, va tras una interioridad que el lenguaje no posee.

Pero el verdadero drama que desencadena el lenguaje va más allá. Esta nueva experiencia del lenguaje de la literatura que carga la muerte, y que en la obra se disemina, no es únicamente un lenguaje que supera la funcionalidad a la que estaba determinado en la época clásica, sino que es como dice Blanchot, un lenguaje que está hecho de “inquietud y también de contradicciones”, llevando a cabo uno de los movimientos más paradójicos en el momento en que las palabras al designar no sólo presentan la ausencia de la cosa, la no-existencia de ella, sino también expresan la no-existencia, es decir la no-existencia hecha palabra, y al designar la no-existencia como tal, designa precisamente la ausencia de la no-existencia, la imposibilidad de la no-existencia, es decir, la imposibilidad de la muerte.

Lo anterior nos expone las cualidades negativas en las que se despliega el lenguaje, y muy especialmente el sabotaje que realiza éste sobre sí mismo, pues las propias palabras se niegan y se instauran sobre su fracaso en tanto presentan la nada, el vacío, y a su vez, exponen la ausencia de ese mismo vacío, es decir, presentan la impotencia de no poder presentar y exponer la muerte, lo que implica que las palabras no bastan para la verdad que contienen y así, todo cuanto sea escrito, expresará la impotencia de presentar (la) nada.

No es fácil aprehender la experiencia de un lenguaje que se distancia de sí mismo, que “sólo comienza en el vacío” y que en él se mantiene, y donde cada palabra por mucho que intente mirar hacia atrás, no verá más que la huida de su origen y su frustración, pero a pesar de ello se habla y discute con este lenguaje, y quizás a ello se deba la incomprensión entre los hablantes, a que cada uno habla con palabras ausentes.

[tags]Filósofos franceses, Michel Foucault[/tags]

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3 Responses to “El lenguaje moderno de Foucault, Barthes y Blanchot”

  1. Francisco dice:

    El pensamiento nómada de Deleuze, donde menciona a Kafka como un autor nómada, y también a Nietzsche y la cercanía con la exterioridad de las cosas, y no la interioridad del “ser”…Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, de Nietzsche, también pone en entre dicho a la verdad al catalogarla de Una Hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, …y donde queda en entredicho la palabra misma. Es como el perro que se persigue su propia cola.
    Tener un mundo, de Carlos Muñoz Gutierrez también aborda el tema, y hace ver cómo el lenguaje se devora a sí mismo.
    Parafraseando un ensayo de Foucault; hablo, miento.

  2. aurora ibarra dice:

    que buen articulo, y llegué a él leyendo “ensayos de verdad”
    sobre el lenguaje nada más inasible y poderoso, atractivo y peligroso,,, sobre los peligros del lenguaje pienso en los autores Adorno y Horkheimer, y su esfuerzo con la teoría crítica, recuerdo su dialécica del iluminismo donde en tiempos de postguerra surge la tremenda necesidad de reflexionar sobre lo espantosamente trágico reciente y que afectó a millones de personas, y de ahí la idea de sostener que el “iluminismo” traía en sí la simiente de su destrucción…….

  3. Lucas dice:

    gracias acercarme un poco a Blanchot.

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